En estos días volvimos a vivir esa fiebre que paraliza Paraguay cada cuatro años. El Mundial. Esa locura sana que junta a abuelos, padres e hijos frente a la televisión, todos gritando el mismo gol, todos con la camiseta albirroja puesta aunque sea solo para el partido. Es el momento donde el país entero se pone de pie y late al mismo ritmo.
Pero para llegar a este momento tuvimos que esperar. Y esperar mucho. Durante 16 años esa vivencia no fue completa para los paraguayos. Tres ciclos mundialistas enteros mirando por televisión. Sudáfrica 2010 fue nuestra última alegría. Después vino el silencio. El estadio vacío de ilusión mundialista. La camiseta guardada en el placard. Y esa frustración amarga de sentir que teníamos plantel, teníamos garra, teníamos historia… pero no llegábamos. No clasificábamos.
Cada cuatro años era la misma película: arrancábamos con esperanza, cambiábamos de director técnico, cambiábamos de esquema, cambiábamos de discurso. Pero el resultado no cambiaba. La frustración se hacía costumbre. Y lo peor: empezamos a creer que el problema eran “los jugadores de ahora”, que “ya no hay Albirroja como antes”.
En esta eliminatoria esa historia se revirtió. La Albirroja volvió al Mundial. Y no volvió de casualidad. Volvió porque algo clave cambió. Y si uno analiza fríamente qué pasó, la respuesta sorprende: no fue una camada de 11 jugadores nuevos. No aparecieron cracks desconocidos. La base de jugadores era la misma que venía intentando y fallando ciclo tras ciclo. Lo que cambió fue el director técnico. Cambió la mirada desde el banco.
Haciendo una comparación directa con las empresas familiares, aparece aquí un elemento que explica todo y que es oro puro para cualquier fundador: la confianza del director técnico en los actores principales, que son los jugadores.
Nuestra selección pasó por varios técnicos en estos 16 años. Técnicos con nombres importantes, con tácticas distintas, con discursos motivacionales. Algunos más defensivos, otros más ofensivos. Pero el patrón se repetía: se dudaba, se cambiaba, se protegía al jugador del error. Y con miedo no se clasifica a ningún Mundial.
En este último proceso íbamos camino a otra eliminatoria perdida. Los puntos no llegaban, la presión aumentaba, la gente ya daba por hecho otro fracaso. Fue entonces cuando las autoridades del fútbol paraguayo tomaron la decisión más difícil y más valiente: contratar a un director técnico con una mirada distinta. Un DT que entendió que el problema no era de talento. Era de confianza.
¿Qué hizo ese técnico con los mismos jugadores que otros no supieron usar? Algo que suena simple en la frase pero que en la práctica casi ningún líder se anima a hacer: le dio confianza real. Confió en ellos públicamente, en conferencia y en cancha. Les dio responsabilidad. Los puso en su posición natural, donde rinden más. Los respaldó después del error en vez de castigarlos. Les dijo “esta camiseta es tuya, defendela”.
Y esos jugadores demostraron lo que todos sospechábamos: el talento siempre estuvo ahí. Lo que faltaba era el permiso para creer en sí mismos. Cuando un jugador se siente respaldado, juega más suelto. Se anima al pase gol. Asume la marca difícil. Ya no juega para no errar. Juega para ganar. Y así se clasifica a un Mundial después de 16 años.
Desde el punto de vista de las empresas familiares, este ejemplo de la Albirroja es una clase magistral. Porque en las empresas familiares los padres son los directores técnicos. Son los fundadores que llevaron la empresa a hombros durante 20, 30, 40 años. Conocen cada cliente, cada proveedor, cada tornillo de la fábrica, cada cláusula de cada contrato. Construyeron todo desde cero con sudor y riesgo.
Y por amor y por miedo, caen en el mismo error de varios técnicos que pasaron por la selección: no confían. No confían de verdad.
Muchas veces los padres fundadores no confían en sus hijos. Revisan cada compra por más chica que sea. Corrigen cada decisión en público delante de los empleados. No delegan la firma del banco. No dejan que el hijo cierre solo con el cliente grande. Lo tienen de “asistente” a los 35 años. El mensaje no dicho, el que duele más que cualquier grito, es: “Yo sé, vos todavía no”.
Es el mismo esquema que nos dejó 16 años sin Mundial. Cambiás de gerente, cambiás de sobrino, cambiás de organigrama… pero si el fundador no confía, el resultado no cambia. La empresa no crece. El hijo no madura. Y la sucesión se vuelve una eliminatoria eterna que nunca se gana.
La pregunta que todo fundador debe hacerse mirando a la Albirroja es incómoda pero necesaria: ¿Vos vas a ser el técnico que cambia varias veces el esquema sin creer en nadie? ¿El que protege al jugador pero no lo hace jugar? ¿O vas a ser el técnico que confía, que respalda, que pone a cada uno en su posición y clasifica al Mundial de la trascendencia?
Otro elemento que une a la Albirroja y a las empresas familiares es la pasión. Esa fuerza irracional que no se explica en planillas Excel. La Albirroja mueve un país entero sin pagar un guaraní. La empresa familiar mueve generaciones enteras porque tiene alma. Esa pasión nace con el fundador. Es él quien a las 3 de la mañana se levanta a resolver un problema del cliente. Es él quien hipoteca la casa para pagar sueldos. Esa pasión es el combustible que transforma un pequeño emprendimiento en una empresa sólida.
Pero para que esa empresa trascienda en el tiempo, para que llegue a los nietos, esa pasión no puede morir con el fundador. Tiene que contagiarse.
Vamos Albirroja. Vamos empresa familiar !!!
Marcelo Codas Frontanilla