artículosRaíces fuertes para pisar tierra… y alas para volar y crecer

Un amigo, hace un tiempo, me hizo ver que las empresas familiares, en puridad, no nacen con el deseo de perdurar por medio de la familia. En realidad, ocurre que el fundador o la fundadora inician un emprendimiento como un medio de vida para él o ella, y su familia. Posteriormente esa actividad adquiere dimensión empresarial y se transforma en familiar cuando los hijos se suman a ella.

Sucede con frecuencia que los padres fundadores, transmiten a sus hijos, desde muy pequeños, la idea de que la empresa, supuestamente, fue creada para ellos. Como vimos en líneas precedentes, eso no es así. Si bien deviene en trascendente empoderar a los hijos con la empresa de la familia, no siempre es conveniente forzarles a trabajar en ella.

Desde esta perspectiva, los niños asumen y sienten que los padres, de alguna manera, les generan la obligación de incorporarse a la empresa cuando lleguen a la edad de iniciarse en el mundo laboral.  Y es entonces cuando surge, para esos hijos, la posibilidad cierta de pérdida de libertad de elegir cuanto consideren más apropiado para sus gustos e intereses. Menudean casos en los que, para no decepcionar a sus padres, los hijos se incorporan y permanecen en la empresa sin que su interés real discurra por ese sendero.

Un agravante que complica aún más la situación descrita es que, con el tiempo, si estas personas desean dejar de trabajar en la empresa familiar, tienen escasas o nulas posibilidades de incorporarse a algún otro trabajo, pues en su currículum figuran tan solo los servicios prestados para la familia en la organización de la que ella es propietaria. Y ello conlleva incluso el hecho de que, de lograr continuar su actividad productiva en una empresa distinta, su salario devenga en sensiblemente inferior al que percibe en su empresa de origen, la familiar.

El título de nuestra reflexión de hoy cobra sentido, justamente, de cara a cuanto describimos. Los padres deben dotar a sus hijos de  raíces fuertes para crecer y afirmarse, y, al mismo tiempo, deben darles alas para volar, para volar hacia donde ellos realmente quieran y no hacia donde los padres deseen. Recordemos siempre que la vida es de ellos, de esos hijos, no de sus padres. Luego, deben ser aquellos quienes resuelvan acerca de su destino laboral.

Solo criaremos a hijos plenamente libres cuando estos puedan decidir trabajar o no en la empresa familiar, independientemente de que su decisión, nos desilusione, disguste o decepcione.

En este análisis no se puede soslayar la posibilidad de que quienes usaron sus alas para volar, e incluso, para realizarse en sitios o emprendimientos distintos a la empresa de la familia, en un vuelo futuro, vuelvan para incorporarse a ella, y aportar experiencia y colaboración efectiva y sincera.

Marcelo Codas Frontanilla

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