Sin categoríaQuien comparte colchón, comparte opinión

En todos los talleres centrados en la empresa familiar aparece la recurrente pregunta: «¿Qué hacemos con los familiares políticos?». Ello es así porque existe una creencia instalada de que son esos allegados quienes generan los problemas. Dicho de otra forma: si no estuvieran, la familia empresaria funcionaría mejor.

Después de muchos años acompañando a empresas familiares me asiste el convencimiento de que ello no es así. Mi experiencia me dice algo distinto: los familiares políticos, en la gran mayoría de los casos, no generan el problema. Lo que hacen es poner en palabras algo que ya existe y que su cónyuge no se anima a decir, o directamente no ve.

Hay un viejo dicho que se aplica mucho a las empresas familiares: “Quien comparte colchón, comparte opinión” Cuando uno de los miembros de la pareja integra una empresa familiar, el otro o la otra siempre opina. Es inevitable. Comparten la cama, la mesa, las preocupaciones. ¿Cómo no va a opinar?

El tema es que esa opinión, muchas veces, es compartida. Es decir, el empresario la hace suya porque en el fondo, razón hay en ella. Porque viene de alguien que lo conoce, que lo ve sin el filtro de la empresa.

Y ahí es donde se suelen generar inconvenientes con la familia, por falta de una debida canalización de esas ideas libremente expresadas.

Vi esta película muchas veces. El marido llega a su casa y cuenta que su hermano le faltó al respeto en la reunión. Su esposa, que lo quiere y lo “defiende” le dice: «No te dejes pisotear, vos valés más». Al día siguiente, él llega a la empresa con esa frase en la cabeza. Contesta mal. Se endurece. Y su familia, lejos de ver a un  socio defendiendo su postura, ve a su esposa metida en la empresa.

Nadie tiene mala intención, pero si está mal el canal que la realidad impuso. La familia de sangre piensa: «Ella nos quiere manejar de afuera». Quien había expresado su opinión piensa: «No me valora, no me escucha». Y él, que está en el medio, se va quedando solo en los dos lugares.

¿Cuál es, entonces, la solución? No es pedirle a tu pareja que no opine. Eso es imposible. Quien comparte la vida, comparte la opinión. La solución está en aprender a canalizar.

En casa, tu rol es ser pareja: escuchar, agradecer la mirada externa, esa que vos perdiste por estar tan adentro.

En la empresa, tu rol es ser socio: filtrar esa opinión, quitarle la emoción, quedarte con el dato útil y presentarlo como una preocupación propia, con argumentos de empresa, no de familia.

Desde luego que las parejas que conviven y, en especial, aquellas que lo hacen un largo tiempo, ven las cosas en un único sentido y la influencia recíproca es habitual e imposible de evitar. Luego, la cuestión no radica en procurar evitar opiniones sino en canalizarlas adecuadamente.

Las empresas familiares que crecen no son las que prohíben las opiniones de los cónyuges. Son las que crean reglas claras para que esas opiniones no destruyan la confianza.

Y aquí vale este aserto de hierro: “Si no hay reglas, todo es personal. Si hay reglas, todo es profesional”.

Marcelo Codas Frontanilla

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