Hace un par de meses, en una reunión en Asunción con un distinguido colega español, especialista en empresas familiares, me hizo una reflexión que me quedó dando vueltas y que quiero compartir con ustedes.
Me decía lo siguiente: «Las grandes universidades del mundo forman grandes ejecutivos. Pero las empresas familiares no necesitan solo ejecutivos. Necesitan dueños. Y a ser dueño no se aprende en la universidad. Se aprende solo dentro de la empresa familiar«.
Esa frase, tan simple, me pareció sumamente profunda y totalmente cierta.
Muchas veces, como padres, cometemos un error de concepto. Pensamos que con enviar a nuestro hijo a hacer el grado y el posgrado al exterior, ya cumplimos con nuestra tarea. Que ya le dimos todo lo que necesitaba para hacerse cargo de la empresa.
Invertimos muchísimo dinero, esfuerzo y esperanza en esa formación internacional. Y está muy bien que lo hagamos. Pero la realidad es que esa formación es solo la mitad del camino.
A través de esos estudios en el exterior, nuestros hijos se forman, y muy bien, para ser buenos ejecutivos. Aprenden a leer un balance, a gestionar equipos, a diseñar una estrategia, a entender el mercado global.
Pero no se forman para ser dueños. Y ser dueño es un oficio totalmente distinto.
El ejecutivo se forma para gestionar una empresa. El dueño se forma para trascender.
El ejecutivo piensa en la rentabilidad del próximo trimestre. El dueño piensa en cómo dejarle la empresa a sus nietos.
El ejecutivo puede ser contratado en el mercado. El dueño no. El dueño se forma con la historia familiar, con los valores del fundador, conociendo lo que costó construir cada ladrillo de la empresa.
Entonces, ¿qué pasa cuando nuestros hijos regresan de sus estudios en el exterior con un MBA brillante?
Ahí empieza la etapa más importante y es la que muchas familias descuidan: tienen que aprender a ser dueños dentro de la propia empresa familiar.
Tienen que aprender a ser miembros de un Directorio, no gerentes. Tienen que aprender a controlar sin entrometerse en la gestión diaria. Tienen que aprender a ponerse el sombrero de dueño, que a veces implica decir que no a un negocio rentable porque atenta contra los valores de la familia. Tienen que aprender a gestionar los conflictos entre hermanos y primos, cosa que no se enseña en las grandes universidades.
Porque el día de mañana, y esto es lo fundamental, ellos van a poder contratar a los mejores ejecutivos del mercado para que gestionen la empresa. Para eso sí sirve el MBA. Podrán contratar un excelente gerente general, un excelente gerente financiero.
Pero por más buenos que sean esos ejecutivos, si no hay dueños formados, comprometidos y unidos detrás, la empresa familiar no tiene futuro. Tarde o temprano se vende, se divide o se destruye.
La continuidad de la empresa familiar no depende de cuán buenos ejecutivos tengamos. Depende de cuán buenos dueños hayamos sabido formar.
Y esa es una tarea que nos corresponde a nosotros, los padres, y que solo se puede hacer acá, adentro, en la empresa familiar.