Hay canciones que uno escucha mil veces sin entenderlas o sin prestarles la debida atención, hasta que un día la vida te pone en el lugar exacto para comprenderlas cabalmente.
Me pasó hace poco con esta frase del gran Gustavo Cerati en su canción “Zona de promesas”. Esa versión magnífica, casi sagrada, con Mercedes Sosa. Una canción que habla de espera, de fe y de paciencia. Y pensé: no hay definición más exacta de lo que nos pasa en las empresas familiares. El Arte, como la vida o, la vida, hecha canción. Porque es así… En las empresas familiares, todo tarda en llegar.
Primero tarda la empresa.
Todo empieza con un emprendimiento. No con una empresa. Un hombre, una mujer, una pareja que empieza a hacer algo con más coraje que estructura. Que compra su primer lote, su primer camión, que alquila un pequeño local. En esa etapa no hay organigrama… sobra voluntad.
Si ese emprendimiento sobrevive, con los años se transforma en empresa familiar. Y ahí comienza el primer gran parto: la consolidación. Dejar de vivir al día. Ordenar números, separar la caja de la empresa de la caja de la casa, poner sistemas, tener gente que no sea solo familia. Esa consolidación tarda años. Y duele, porque obliga al fundador a soltar lo que más le costó construir: el control total.
Después de la consolidación, si hay humildad, viene la segunda etapa, la más difícil de todas: la institucionalización.
Institucionalizar es ponerle gobierno a la historia. Es crear un directorio que no sea solo para firmar balances. Es crear un Consejo de Familia donde se pueda o no conviene decir en el asado del domingo. Es escribir un protocolo que regule lo que hasta ahora regulaba papá con una mirada. Es definir quién entra, cómo entra, cuánto gana y cómo sale.
La mayoría de las empresas familiares paraguayas mueren en este umbral. No por falta de mercado, sino por falta de paciencia para institucionalizarse. Quieren los resultados de una empresa de tercera generación, con los hábitos de una empresa de primera.
Y solo cuando se cruza ese desierto, después de mucho tiempo, llega la tercera etapa: la trascendencia, que no es, ni más menos que la empresa siga, crezca y se multiplique cuando el fundador ya no esté, que los nietos quieran continuarla, no por obligación, sino por orgullo. Eso no se logra en un ejercicio fiscal. Tarda una generación entera. TARDA EN LLEGAR…
Y también tarda la familia.
Pero si la empresa tarda, la familia tarda más. Tarda en llegar el entendimiento total entre todos quienes integran la familia.
Tarda que un padre entienda que su hijo puede amar el campo pero odiar la administración, y que eso no es traición, es vocación.
Tarda que los hermanos entiendan que son hermanos para siempre, pero no necesariamente socios para siempre. Y que está bien que uno quiera quedarse, otro quiera liderar otra unidad de negocios y otro quiera hacer su propio camino por fuera, siendo accionista pero no empleado.
Tarda que una madre entienda que para unir a la familia, a veces hay que dividir el patrimonio.
En ocasiones, nosotros, como consultores, cometemos el error de querer acelerar ese entendimiento. Queremos resolver en un taller de tres horas lo que lleva veinte años de conversaciones pendientes. Queremos que firmen el protocolo el próximo mes. Y forzamos los tiempos.
La experiencia nos enseña otra cosa: que los procesos familiares y empresariales tienen su tiempo, su forma, sus marchas y sus contramarchas. Así, hay reuniones que parecen un fracaso y que, vistas a la distancia, fueron la ocasión cuando, por primera vez, un hermano le pudo decir a otro lo que sentía. Hay retrocesos que en realidad son avances, porque sinceran la relación. Hay silencios que hay que respetar.
En la empresa familiar no existe el microondas. No hay atajo. Todo es horno de barro y leña. Lento. Pero lo que sale de ahí tiene otro sabor y dura mucho más. Por eso, a los empresarios de primera generación que me preguntan cuándo apurar la sucesión les digo siempre lo mismo: no la apuren. Acompáñenla, que ya las circunstancias permitirán conocer, exactamente, el momento preciso.
Pongan método. Pongan órganos de gobierno. Pongan un facilitador externo que los ayude a hablar. Pongan fechas. Pero no pongan ansiedad. La ansiedad es el peor enemigo de la trascendencia. La ansiedad hace que un padre venda un campo para darle la parte a un hijo enojado, en vez de construir un acuerdo que los mantenga unidos. La ansiedad hace que un protocolo sea una imposición en vez de un acuerdo.
La empresa familiar es un acto de fe en el tiempo. Es creer que el trabajo de hoy va a tener sentido mañana, aunque hoy no se vea.
Y es ahí donde vuelve Cerati. Porque al final, después de la consolidación, después de la institucionalización, después de las discusiones entre hermanos y de las noches sin dormir de los padres…
Al final, hay recompensa.
La recompensa de ver a la familia unida, sentada en la misma mesa. De ver la empresa más ordenada y más grande que cuando la empezamos. De saber que valió la pena esperar.
En el marco de este análisis, no es casual que el propulsor de ese fenómeno de masas que se llamó, que se llama “Soda stereo”, utilice, como primera palabra en la magnífica letra de “Zona de promesas” el vocablo más entrañable del léxico de los humanos: “Mamá…”
Él dice, textualmente:
“Mamá sabe bien, perdí una batalla
Quiero regresar solo a besarla
No está mal ser mi dueño otra vez
Ni temer que el río sangre y calme
Al contarle mis plegarias”
Tarda en llegar. Pero llega.
MARCELO CODAS FRONTANILLA