Sin categoríaLos niños y la empresa familiar

Hace un par de semanas celebramos el Día del Niño y, en esta ocasión, me permito reflexionar sobre un tema que pocas veces se aborda: el lugar de los niños en la empresa familiar.

Si aspiramos a que la empresa trascienda y llegue a la segunda de un par de generaciones de descendientes, erróneo sería esperar a que los hijos cumplan la mayoría de edad para hablarles del negocio. El vínculo con la empresa se construye desde la cuna. Se siembra en la mesa, en los comentarios, en las visitas, en la forma en que hablamos de ella y el cariño y la pertenencia que expresamos al hacerlo.

Para empoderar a los niños con la empresa familiar, no se trata de obligarlos a trabajar, sino de invitarlos a pertenecer, desde el afecto. Así, la primera y más importante tarea será la de evitar transmitir a los hijos una idea negativa de la empresa familiar. Esto ocurre, inadvertidamente, cuando el fundador o los padres llegan al hogar cansados y se refieren a los miembros de la familia con quienes trabajan en la empresa, con términos inadecuados, quejas o malos modos. “Tu tío es un irresponsable”; “Con tu prima no se puede hablar”; “Esta empresa me tiene harto”.

En esos momentos, sin proponérnoslo, transmitimos dos mensajes muy peligrosos: (i) La Empresa es un problema; (ii) La familia no se lleva bien trabajando junta. Los niños absorben ese mensaje y, años después, cuando deban decidir si se suman o no, parten de una imagen negativa. Antes de conocer la empresa, ya sienten rechazo. La empresa familiar debe ser asumida como lo que es: un proyecto de vida compartido, con desafíos sí, pero también con orgullo, valores y propósitos.

Es importante la tarea de acercar la empresa a los hijos. Desde niños pueden visitar instalaciones, recorrer, saludar a los colaboradores, ver cómo se fabrica, cómo se atiende, cómo se cobra. Que entiendan de dónde sale el dinero para el Colegio, para las vacaciones, para la casa. Esa visita no es para que trabajen. Debe servir para que pierdan el miedo y aviven la curiosidad, de suerte a que la empresa deje de ser “ese lugar al que papá va y después vuelve de mal humor” y pase a ser “el lugar donde, en armonía, trabaja mi familia”.

Y cuando la edad lo permita, entre los 14 y 16 años, resultará valioso que emprendan pasantías. Una semana en administración, otra en ventas, otra en producción. Que conozcan los diferentes departamentos de la empresa y los sientan próximos y suyos. Esa experiencia temprana evita dos usuales problemas: que entren a la empresa sin conocerla mínimamente y quieran mandar, o que nunca se jueguen a entrar por temor a lo desconocido.

No es automática, como herencia para los niños, el amor por la empresa familiar. Pueden y deben aprenderlo, por cómo hablamos de ella en casa, y por cómo los dejamos entrar a conocerla. Si queremos que el día de mañana defiendan el legado, primero tenemos que procurar y lograr que se enamoren de él.

Marcelo Codas Frontanilla

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