Sin categoríaHablemos de las conversaciones «argeles» en la empresa familiar

Cuando trabajamos con empresas familiares nos encontramos con una paradoja que se repite los empresarios familiares son brillantes hablando de la empresa. Se apasionan en una jornada de planificación estratégica. Dominan la reunión de directorio. Hablan de márgenes, de ventas, de inversiones y de mercado sin pestañear. Pero cuando el tema cambia y toca hablar de la familia, todo se traba. Ahí ya no les gusta tanto hablar. Ahí se hace silencio, se mira el celular, se cambia de tema.

En Paraguay tenemos una palabra que describe muy bien esa situación, que es «argel». Argel es esa reunión incómoda. Esa charla que siempre posponemos «para después». Ese tema que nadie se anima a sacar en el asado porque «seguro termina mal». Y en las empresas familiares, el tema «argel» por excelencia es la empresa misma y en especial la relación de ésta con la familia.

Es hablar de plata, de poder, de quién manda, de quién trabaja y quién no, de quién se queda y quién se va. Por miedo a esa charla, muchas familias llevan años calladas. Y ese silencio, lejos de cuidar la armonía, termina destruyendo tanto la empresa como la relación familiar. Equivocadamente pensamos que si no hablamos de estos temas algo mágico va a ocurrir y los problemas se van a solucionar sin que lo hablemos.

Pero el silencio no es gratis, sino que es muy caro. ¿Por qué? Porque fabrica problemas donde no los hay. Fabricamos suposiciones. Vivimos adivinando la intención del otro. Acumulamos resentimiento: Lo que no se habla se cobra. Se cobra en desgano, en hacer las cosas a medias, en «olvidos» estratégicos, en mala predisposición. Chocamos sin querer: Cada uno empieza a tirar para su lado, tomando decisiones en base a lo que supone, no a lo que el otro realmente quiere o necesita.

En las familias empresarias nos gusta hablar del clima, de la política, del partido del domingo, de la última máquina que compramos. Pero cuando hay que hablar de lo importante, todos miramos al piso. Creemos sinceramente que no hablar es una forma de cuidar la armonía familiar. De «no meter cizaña». Y es exactamente al revés.

No hablar es como juntar basura debajo de la alfombra. Cada día hay más. Y tarde o temprano alguien se tropieza, se cae y se hace mucho daño. Una familia sana no es la que nunca discute. Una familia sana es la que discute bien. Es la que se anima a poner los temas difíciles sobre la mesa con respeto.

Entonces, ¿qué hacemos? ¿Nos tiramos a la pileta sin nada? No. La clave no es evitar la conversación argel. La clave es administrarla. Tres reglas sencillas son las siguientes:

  • Agendar, con día lugar y hora: Las conversaciones importantes no se improvisan entre la picada y el postre. Se agendan.

Si el tema es de empresa, se habla en la oficina. Si el tema es de familia, se habla en la casa. No mezclar.

  • Un tema a la vez: El error más común es querer resolver la vida en una sola reunión. » Si mezclas todo, explota todo. Ir por partes da orden y da oxígeno.
  • Si sube el tono, incorporar a un tercero: Es de inteligentes reconocer cuando la emoción nos gana. Si hay historia de gritos, de cortes o de que nadie se escucha, el mejor paso es llamar a un tercero, que está para decidir por ustedes. Está para algo mucho más importante: para dirigir la conversación. Para poner el reloj, para dar la palabra. Para ayudarlos a escucharse sin gritarse.

Después de más de 15 años acompañando empresas familiares, les puedo contar un secreto: En ocho de cada diez «reuniones argeles», la gente está mucho más de acuerdo de lo que pensaba. El problema casi nunca es de fondo. Casi siempre es de forma.

Cuando hay un espacio, reglas claras y respeto, los desacuerdos se achican y los acuerdos aparecen solos. La mayoría quiere lo mismo: que la empresa siga, que la familia esté unida y que haya justicia.

Si hoy tenés una charla pendiente con tu hermano, con tu papá, con tu tío o con tu hijo, te propongo que arranques así:»Mirá, sé que esta conversación va a ser argel. Nos va a costar. Pero prefiero estar una hora incómodos hoy, a estar diez años peleados en silencio. La empresa y la familia se merecen que lo intentemos.

El coraje de tener hoy la conversación que venís evitando, es la inversión más rentable que podes hacer. Es lo que asegura que el campo, la tienda o la fábrica siga en la familia mañana. Y que siga unida. Porque al final, las empresas no quiebran por falta de plata. Quiebran por falta de conversación.

 

Marcelo Codas Frontanilla

Estudio Codas

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