Hace un par de semanas realicé una pequeña y sencilla consulta entre colegas consultores de empresas familiares de América Latina. Quería determinar cuáles son, a su criterio, las tres dificultades más importantes de las empresas familiares. El resultado, por lejos, fue claro y contundente: el problema recurrente radica en la comunicación.
La comunicación se define, universalmente, como la transmisión de información entre dos o más personas. En ella intervienen tres factores: el emisor, el receptor y el mensaje.
El emisor debe transmitir con claridad la información y el receptor debe recibirla sin prisa en contestar. Este debe analizar el contenido, los alcances y el sentido de la información brindada. En cuanto al mensaje, éste debe ser claro y no debe dar lugar a dudas pues, de lo contrario, la comunicación no solo se vuelve difícil sino puede devenir en inexistente.
¿Qué ocurre en la familia con la comunicación, y especialmente en la relación de ella con la empresa?
La primera situación posible y no poco frecuente es la inexistencia de comunicación. Los miembros de la familia no hablan de ciertos temas porque los consideran “delicados” y pueden producir conflictos, por cuya razón prefieren callarlos, ocultándolos “bajo la alfombra”. Entonces, corren el claro riesgo de que al aflorar, luego de su ocultamiento, el abordarlos resulte infinitamente más difícil.
La segunda situación posible deviene del hecho de que la información sea insuficiente en relación con los temas de la empresa. Ello trae aparejado que se generen dudas, como en el caso hipotético de que el hermano encargado de la contabilidad no provea datos en forma periódica y entonces surja la posibilidad de que haya “algo raro”, generándose un innecesario ambiente de desconfianza.
La restante situación se produce por la mala comunicación. Allí, el mensaje es confuso, ya porque el emisor transmite de manera errónea o porque el receptor no escucha para comprender, sino que lo hace pensando ya en la respuesta. A esto se suman los afectos, tanto familiares como de la empresa.
¿Qué hacer entonces? La respuesta es tan sencilla como lógica: ocuparse de las diferentes situaciones, arbitrando mecanismos que permitan mejorar la comunicación.
La experiencia enseña que si rehuimos la conversación o ésta es inadecuada o insuficiente, el resultado será inexorablemente que, más temprano que tarde, surjan dificultades en el relacionamiento familiar, y ellas serán muy difíciles de resolver con las consecuencias negativas tanto para la familia como para la empresa.
Si sabemos que la mayor dificultad en las empresas familiares es la comunicación es perentorio que, a partir de un análisis sereno de las diferentes situaciones, se busquen las soluciones. Si las mismas no pueden sustanciarse al interior de la familia, resulta prudente, necesario e inexcusable, recurrir a profesionales que ayuden en la tarea. Los hay, muchos y muy buenos.
Marcelo Codas Frontanilla
marcelo@estudiocodas.com
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