Es frecuente observar a hijos de dueños de empresas familiares -sobre todo aquellos con altos ingresos-, viviendo en una auténtica burbuja. Cuando llegan a la universidad realizan estudios de grado y posgrado fuera del país en instituciones altamente costosas, poseen vehículos de precios impensables y viajan frecuente y periódicamente al exterior. Los costos de un estilo de vida como el descrito son inalcanzables y estos jóvenes no siempre tienen medios con los cuales sufragar sus elevados gastos. Serán entonces sus progenitores quienes solventen tales ingentes gastos
Cuando se produce el regreso al país de los privilegiados estudiantes, estos se consideran consagrados empresarios y piensan que pueden arrasarlo todo a su paso. Pero la realidad es bien distinta: apenas se han iniciado en el mundo laboral.
Aclarando que de ninguna manera me opongo -no soy quien para hacerlo- a que cada persona lleve la vida que desee y elija, si es bueno sentar postura sobre el hecho de que si la burbuja se expande a la empresa familiar, ello puede resultar no solo pernicioso, sino altamente peligroso.
Muchos de estos hijos “trabajan” en la empresa familiar, pero no ocupan ninguna posición prevista en el organigrama; no cuentan, por ende, con funciones asignadas; no cumplen horario y, para colmo, reciben un trato que difiere diametralmente al que se prodiga a los demás colaboradores de la compañía.
Para alimentar la alarma que su presencia produce, no cuentan, habitualmente, con un plan de carrera que contemple ascensos al interior de la organización empresarial. La inevitable crisis que más temprano que tarde se producirá como consecuencia de la situación descrita, encontrará su punto de ebullición cuando toque a estos miembros de la familia ejercer la dirección de la empresa, pues carecerán de la inexcusable capacitación que es fundamental para el logro de éxitos en las funciones de conducción.
No está mal que los padres den a sus hijos cuanto tengan a su alcance, pero todo tiene un límite. Si no se señalan pautas claras -tanto a nivel personal como empresarial- que encuadren comportamientos exagerados en materia de gastos, las más de las veces innecesarios e improductivos, el perjuicio, en el futuro, será tanto para los hijos como para la empresa. De esta suerte, aquello que los padres hicieron de buena fe y con la mejor intención, se convierte en un “boomerang” de consecuencias imprevisibles.
Si los hijos no están dispuestos a cumplir las normas que rigen para todos los colaboradores de la empresa y entienden que cuentan con la capacidad de generar buenas remuneraciones, la mejor decisión que pueden adoptar es llevar adelante algún emprendimiento o encontrar trabajo en una empresa ajena a la familia y una posición que haga posible cumplir deseos y expectativas.
El futuro de la familia y de la empresa es muy importante, y depende, en muy buena medida, de que los padres se cuiden de cometer la equivocación de dar todo a sus hijos, sin exigirles nada a cambio. Siempre, la firmeza respetuosa y expresada con afecto, rendirá positivos frutos y servirá para evitar perjuicios que pueden resultar irreparables.
Marcelo Codas Frontanilla
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